Cuando uno anuncia que deja un prestigioso estudio de abogados para migrar al sector público, casi todos te dicen: “Estás loco”. “Vas a lidiar con la burocracia, la falta de recursos, en oficinas horribles del Centro de Lima, ganándote una gastritis crónica, para que encima te lluevan las críticas”, me advertían. Ahora puedo decir, por mi experiencia, que trabajar en el sector público es una de las vivencias más valiosas y enriquecedoras por la que todo profesional debería pasar, no importa el color político.
Las cosas no son fáciles, pero en ese mundo caótico de las oficinas del Estado que a veces tienen más de prejuicio que otra cosa, uno aprende a mirar las dificultades desde una óptica más amplia, menos individualista. Se aprende a conocer las presiones políticas, a veces ajenas al trabajo técnico, a familiarizarse con un lenguaje distinto, a tomar riesgos y a buscar soluciones ingeniosas cuando es urgente encontrarlas con la enorme responsabilidad de que esas decisiones no te afectarán a ti, sino a muchas personas que ni conoces. No hay mejor manera de sumergirse en el Perú real que trabajando para el Estado. Ahí uno aprende, sobre todo, a sortear los obstáculos de una sociedad cargada de problemas que no tienen solución fácil ni rápida, por mucha que sea la indignación y la impaciencia de la ciudadanía.
Hay mucho espacio, aún, para formar una nueva generación de profesionales, egresados de las mejores universidades, a veces con formación en el extranjero y que regresan por una fuerte convicción de trabajar como servidores públicos, con un perfil más técnico y una actitud radicalmente distinta al estereotipo del burócrata que a veces subsiste en el imaginario colectivo. Es una opción –una obligación, diríamos algunos– que los nuevos profesionales dejen por un tiempo sus exitosas carreras en bancos de inversión, consultoras o empresas privadas y asuman el reto del trabajo público. Es necesario, al menos por un tiempo, inyectar a lo público una visión más moderna y eficiente que busque resultados concretos, con la enorme satisfacción de trabajar por el bien común.
Sin duda es un atractivo reto trabajar en el sector público, porque es ahí donde se determina el rumbo del país; donde se dan las condiciones para su desarrollo y crecimiento. Es contribuir al cambio y construir el futuro. Por eso, es importante generar las condiciones y los incentivos para que los profesionales más destacados se vean seducidos por esta alternativa. Para lograrlo, el sector público debe volverse más competitivo y un lugar más atractivo para desarrollarse profesionalmente.
Quienes ahora trabajamos para el Estado, es probable que algún día retornemos al sector privado, pero nuestra visión no será la misma. Habremos acumulado conocimientos, experiencias y frustraciones que seguramente amortiguarán la perspectiva siempre parcial e incompleta que traíamos antes de insertarnos en el mundo burocrático. Retornaremos a esos espacios más fogueados, mejor preparados y, sobre todo, con más sensibilidad para lidiar con los temas de la empresa en el mundo de hoy con una visión más humana.
Los jóvenes que servimos al país desde la arena pública queremos que el Estado funcione. Que sea fuerte y efectivo, que respete los procesos y genere resultados. Participamos en la gestión pública, porque creemos que no basta con exigirles a los gobiernos eficiencia, justicia, igualdad y prosperidad. Hay que involucrarnos y trabajar para lograrlo.
*Publiqué este artículo en El Comercio el 28 de Julio de 2011.